Sociedad

Viaje al interior de la familia del Maracaná

Andrea Alday es policía. Pero básicamente es conocida por su trabajo con los chicos del barrio El Maracaná, un sector humilde de Dolores en el que despliega actividades recreativas y de formación.
12 de agosto 10:29 AM
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Andrea Alday, aquí junto a un grupo de chicos, realiza una notable tarea diaria.

El cartel desafía: Potrero El Maracaná. A pocos metros, la Autovía 2 marca el límite del pueblo. El domingo ya se ha hecho noche y el invierno marca su presencia, disimulada en la tarde por el sol que engaña con un veranito fuera de época. El partido se resiste a terminar y aunque casi nada se ve, los pibes siguen dándole a la pelota.
 
Preguntamos por Andrea y los chicos la hacen aparecer en el patio de su casa. Hablar con ella es dificilísimo, no porque no le sobre simpatía y locuacidad, sino porque a cada momento hay un chico, una nena que le pide algo, que le pregunta algo que le pide que sea árbitro en la discusión sobre una jugada. Andrea responde a todo, responde a todos.
 
Hablar con ella es dificilísimo, no porque no le sobre simpatía y locuacidad, sino porque a cada momento hay un chico, una nena que le pide algo, que le pregunta algo que le pide que sea árbitro en la discusión sobre una jugada. Andrea responde a todos.
“Siempre somos muchos”, dice cuando nos sentamos a charlar en su casa, al día siguiente. Cuatro nenas de unos 10 años la están ayudando a ordenar ropa de donaciones y le van soplando al oído mientras Andrea habla con nosotros. “Nos juntamos a merendar, hacemos almuerzos, festejamos los cumpleaños, los domingos hacemos fútbol con los adolescentes, porque cada cual tiene su espacio, su tiempo” dice, mientras las chicas le apuntan.
 
Andrea Alday tiene 34 años y es policía. Tiene un hijo de 17 años y ahora está esperando el segundo. El merendero que lleva adelante en realidad es su propia casa, que tiene un pequeño comedor y un gran patio. Por día no bajan de 20 los chicos que se juntan en el lugar. “Pero en total seremos unos 70”, aclara.
 
El merendero se sostiene porque “tengo muchísima gente que me ayuda, como nosotros, humildes. Algunas distribuidoras, un frigorífico, la panadería nos ayudan con alimentos, para poder variar la merienda”. 
 
¿Por qué lo hacés, Andrea? Y la respuesta repercute en las cuatro caritas que siguen con toda atención la entrevista: “Ellos me han ayudado mucho, he pasado por un estado depresivo y han sido ellos los que me han hecho levantar”. Insiste en que “me gusta interactuar con los niños, porque creo que no hay amistad más sana y pura que la de los chicos”. 
 
La actividad del Maracaná no sólo se centra en el barrio: “Cuando me dan muchas cosas, las cargamos en mi camioneta y con ellos vamos a repartirlas a los barrios que necesitan, a los hogares de niños de la ciudad, para que ellos vayan mamando que, por más que nosotros tengamos carencias, hay personas que lo necesitan”.
 
“Ellos son capaces de decirme: tengo dos buzos, uno no lo voy a usar y me lo traen para llevárselo a alguien que lo necesite”, explica. “Este es un barrio muy humilde pero de gente trabajadora y honesta y de buen corazón”, insiste. 
 
El Maracaná no se parece al mítico estadio de Brasil pero es un símbolo del barrio: “Lo hicimos a pulmón todos los del barrio; es nuestro espacio recreativo. Hacemos deporte, campamentos, fogatas; es nuestro lugar de encuentro”.
 
Ahora hay que completar el merendero: “Me donaron el techo completo para hacer el merendero los residentes en Mar del Plata. Ahora falta que la Municipalidad nos haga unas columnas para montar el techo”. Mientras tanto, se arreglan en el patio, pero el invierno es cruel. “Anoche hicimos hamburgueseada y la hicimos al aire libre. ¿Vos te sentarías afuera a tomar la leche calentita? No, no lo harías. Mi casa es chiquita y cuando llueve nos turnamos”.
 
“Yo lo único que les pido es que terminen la escuela”, dice y en ese rol también ha estado al lado cuando tuvo que pedir en los colegios cambio de turno para los chicos que trabajan para ayudar a sus familias o de quienes “han cometido equivocaciones”. “Ahora estamos bien”, insiste. 
 
Mientras tanto, la situación social es una preocupación muy fuerte: “La veo muy mal. Una familia trabaja y no le alcanza, vive el día a día”, considera Andrea.  Su relación con las autoridades pasa por estas palabras: “No quiero andar molestando o pidiendo mucho; pretendo que de ellos salga y vengan y vean”.

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El Potrero El Maracaná, con los chicos en acción.


 
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