Sociedad

La noche en la que la señorita Marta volvió a reunir a sus alumnos 53 años después

Un grupo de alumnos de una escuela rural se reunieron con su señorita 53 años después. Una historia para entender más allá de recortes en un gobierno de turno.
04 de marzo 5:02 PM
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Sentadas en el medio, Marta Espil y Judith Kaisser, rodeadas de sus ex alumnos Néstor Fernández, Alfredo Genta, Margarita Nimer, Rubén y Guillermo Brown, Juan Sotelo, Elvira Nazar y Adelina Moltoni.

Hace 53 años que no estaban todos juntos con ella pero todo este tiempo continuaron siendo los chicos de la señorita Marta. “Me regaló mi primera pelota de fútbol”. “Por primera vez viajé y conocí Buenos Aires”. “Todavía sigo leyendo el ‘Mujercitas’ que me dio”.
 
En medio del campo, en los Montes del Tordillo, 14 niños vivieron su infancia en la Escuela Nº 25 “Remedios de Escalada” y el sábado pasado se reunieron en casa de una de las ex alumnas para agasajar a la maestra que los marcó para siempre.
 
Hoy, mientras en la Provincia es noticia el cierre de escuelas rurales, los chicos de la señorita Marta recuperan el sentido que los establecimientos escolares tienen para las comunidades alejadas de los centros urbanos, un sentido que va mucho más allá de lo estrictamente curricular. “Es una pena”, dice uno; “algo vamos a hacer”, entusiasma otra. Y la señorita Marta los sigue viendo como si estuvieran aún en el patio, peleando por un penal mal cobrado.
 
SER MAESTRA EN EL CAMPO
“Para mí fue una gloria”, dice Marta Espil cuando recuerda su designación en la Escuela Nº 25, luego de años de inestabilidad laboral. “Muchas veces me ofrecieron ser directora o inspectora, pero siempre me negué: mi lugar estuvo en el grado hasta que me jubilé”. Recibida en 1948, siempre supo que su vocación era ser maestra: “Tengo una pasión muy grande por los niños”.
 
En la zona, la Provincia cerró la Escuela Nº 6 y la sección de la Escuela Nº 3, ambas en Tordillo.
Dar clases en el campo “es muy distinto, porque tenía 4º, 5º y 6º. Los temas de historia o de ciencias naturales podían ser comunes pero después me manejaba con tarjetas. Me interesaba que tuvieran mucha práctica en Matemática y Lengua”.
 
En los años 60, cuando iba a dar clases al Monte del Tordillo, Marta Espil fue parte de la innovación tecnológica, con un proyector de diapositivas adaptado para funcionar con la batería del auto. “Nos hicimos famosos con esto, nos pedían de las otras escuelas rurales que fuéramos”, se ríen todos.
 
Los chicos, por supuesto, iban a clase a caballo, recorriendo trayectos que a algunos les tomaban 45 minutos.  Aunque también iban la familia: la escuela rural ha tenido siempre un lugar preponderante en la vida social de la comunidad. Fiestas, bailes, asados y hasta la primera comunión permiten la reunión de padres, alumnos, ex alumnos y todo aquel que esté cerca. “Una vez invité a una maestra amiga de La Plata para que viera cómo era esto: venían de la lomita bailando que era una hermosura”. Los recuerdos son imágenes, como las diapositivas del proyector adaptado. “El sentido era reunirse, pasar un momento amable, comer un buen asado y seguir con el bailongo: la gente del barrio estaba esperando esas reuniones”, dice Marta. 
 
SI VOLVIERA A NACER...
...sería maestra rural”. Judith Kaisser es otra de las maestras que trabajó en la Escuela N° 25 y participó del homenaje.  “¿Vos sabés lo que significa ir por la calle y que te digan vos fuiste mi maestra, en tal año?”: el orgullo docente es una marca que se lee en los ojos de ambas.
 
Es que la maestra es la que les regaló Platero y yo o La vuelta al mundo en 80 días, la que traía todas las semanas El Gráfico y Goles, la que hacía mandados en el pueblo para todas las familias. 
 
“Se olvidan de la gente”, dice uno de los chicos de la Escuela Nº 25 cuando se comentan las últimas noticias, sobre cierre de escuelas rurales. Es que son mucho más que escuelas, mucho más que maestras, mucho más que aulas, mucho más que patios. Por alguna razón, los 11 de septiembre siguen tocando el timbre de la casa de la señorita Marta y esta noche de verano accedieron felices al pedido que le hizo a Margarita: volver a verlos, volver a juntarse como en aquellas fiestas en las que bajaban la lomita, bailando una ranchera.