Jueves 18 de julio de 2019
15/06/2019 - 08:54 | Noticias | Sociedad

Anécdotas de la vida de los Rípodas, dos hermanos longevos que ya pasaron los 100 años

Son de Dolores. Nélida cumplió 100 años y los celebró con su hermano Argentino José, que pronto tendrá 102.

Nélida cumplió 100 años y su hermano Argentino José está por cumplir 102. “Fuimos muy felices”, aseguran.

Los Rípodas son una muestra de memoria viva. Nélida, a quien todo el mundo conoce como “Tota”, acaba de cumplir 100 años junto con su hermano “El Gordo” –pocos saben que se llama Argentino José Napoleón-, que celebrará los 102 en breve. Charlar con ellos sobre su infancia en el campo es recuperar un tiempo y un modo de vivir que a nuestros oídos suena absolutamente extraño. 
La charla en el living de la casa de “Tota” es una suma de anécdotas que tienen una misma frase de cierre: “Éramos muy felices”. Y escuchándola, se puede ver la casa grande donde había 11 niños que criar. “Mamá hacía todo, cocinaba muy bien”, dice y hay mucha ternura en la mirada del “Gordo” que agrega: “mamá era muy buena”. 
“A los 9 años yo cocinaba, lavaba, porque a mamá, con tanto chico, había que ayudarla”, recuerda “Tota”, que también esquilaba: “Daba trabajo porque era zurda y había que manearle las ovejas al revés”, todavía le reprocha su hermano. Entre todos cuidaban la quinta, el monte de frutales, las papas, además de ordeñar o hacer queso y manteca. 
En la casa, además, vivían dos primos y la maestra que les enseñaba a todos. De los hijos, dos asistieron al secundario y luego a la universidad. Odelinda Rípodas fue una de las primeras mujeres que asistió al Colegio Nacional de Dolores y una de las primeras en recibirse de farmacéutica en la Universidad de Rosario. “Cholo” Rípodas fue médico y quien conminó al padre a construir una casa en el centro de Dolores para que toda la familia, especialmente las hijas mujeres, se vinieran al pueblo. Pero los recuerdos de ambos vuelven una y otra vez al tiempo en que estaban en el campo. 
Tiempos duros en que si alguien se enfermaba o se lastimaba se curaba como podía. “Una vez, la Piba (otra de las hermanas) que tenía 1 o 2 años se enfermó mucho. Como había crecido, papá la trajo al pueblo en sulky y el doctor Ulke le dijo que no había nada que hacer. Volvió con ella al campo y la llevó a una curandera que había cerca y le dijo que le diera agua de cebada. Papá fue a caballo a donde un hombre que tenía cebada, se la dieron, la Piba se curó y vivió hasta los 95 años”, sigue contando Tota. “Cuando nací yo, fue doña Serapia, una mujer que atendía partos y se quedaba en el campo desde unos 15 días antes. Ese día, en la noche había venido una creciente bárbara, y el Gordo fue corriendo a donde estaba papá a decirle tenemos otra nena más. Papá le contestó: La pucha, como si fuera gran cosa, porque no tenía dónde sacar la hacienda”, y los dos vuelven a reírse con este tierno y lejano recuerdo. 
La vida ruda dependía del trabajo de toda la familia. “Cuando yo tenía 14 años papá me puso en un puesto, con mil hectáreas para que las manejara yo solo”: cuando le pregunto al “Gordo” si había peones se me ríe como diciéndome “no entendés nada”. 
Venir a Dolores desde el campo que estaba en el Partido de Guido en sulky podía llevar tres o cuatro horas. Había autos, pero la creciente mandaba mucho más de lo que se hubiera deseado. Por eso, se viajaba poco a la ciudad y la vida transcurría enteramente allí, donde llegaban los vendedores que andaban con carros ofertando tanto alimentos como vestidos o telas y que muchas veces trocaban por gallinas o huevos. 
Pero lo mejor eran los bailes en el Club La Unión, donde se reunía muchísima gente. “Papá nos enseñó a bailar” en las noches en la casa, mientras uno de los hermanos le daba al acordeón que había aprendido a tocar solo. “Para los carnavales nos disfrazábamos y salíamos en un carro con un viejo que tocaba el acordeón. Íbamos a una casa en la que había muchas mujeres, bailábamos un rato y después íbamos para otro lado”, recuerda el “Gordo”. Pero lo mejor era el disfraz: ante la falta de mejor propuesta, se ponían la ropa de todos los días al revés y una careta hecha con un trapo con agujeros para los ojos y la boca. El baile fue una gran compañía: “Una vez que iba de resero a Castelli con las ovejas –te llevaba tres o cuatro días- llegué a una casa a las 9 de la mañana y me puse a bailar”. “Éramos muy divertidos”, repite una y otra vez “Tota”. Y quien los escucha comprende que, en buena medida, esa es una de las claves de la vitalidad de estos hermanos centenarios.

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