Emilia Cerdá de Carzolio canta. Canta canciones sobre el 25 de mayo, sobre el Congreso de Tucumán, sobre Colón. Canta pregones y una canción a la patria con la música de Torna a Sorrento. Canciones con las que enseñó a los niños de primer grado inferior desde el primer día que empezó a dar clases, en el año 1949, en Sevigné. “Todas inventadas por mí”, se enorgullece y vuelve a entonar bellas estrofas, sin saltearse un solo verso, como si estuviera aún frente a uno de los cursos de la Escuela nº 1 “Pedro Castelli”, donde continuó su carrera docente.
“Yo nunca los reté, porque si los retás no te aprenden”, recuerda mientras desgrana anécdotas y anécdotas, de esas en las que el más terrible de la clase es el que termina sabiendo la respuesta a la pregunta más difícil.
Relatos que hablan de una escuela diferente y un rol en la sociedad del maestro muy distinto, como la del director que reconvino a Emilia y sus compañeras porque al terminar las clases salían corriendo para no perder el micro que las devolvería a Dolores desde Sevigné. “Esa conducta era impropia de una maestra, nos dijo”, y se ríe con la misma claridad con la que vuelve a cantar una canción para el inicio de clases. O como cuando uno de sus cinco hijos, al que había tenido que llevar al salón porque no tenía con quién dejarlo mientras trabajaba, escribió “culo” en el pizarrón mientras ella estaba hablando con una persona en la puerta y provocó el escándalo de todo el grupo.
“Yo a los más chiquitos nunca les ponía ‘regular’ en una tarea, sino ‘muy lindo’, ‘precioso’; y un día uno me preguntó si era más ‘muy lindo’ o ‘precioso’”, cuenta con satisfacción.
Setenta años después de que pisó por primera vez un salón, dice con orgullo que “mis alumnos aún recuerdan esas canciones”. Y de hecho, quien abrió la puerta de su casa cuando esta cronista tocó el timbre para entrevistarla, fue uno de esos chicos, ya abuelo, que acababa de llevarle un ramo de flores, como todos los 11 de septiembre.
Con una memoria prodigiosa, repasa las canciones que aún hoy sigue recordando con alguno de sus entonces niños, cuando la encuentran. “Mientras cocinaba, anotaba ideas para alguna canción”, rememora. Y sigue cantando.
Cantando cosas como ese valsecito al que hace decir: “Estoy enojada con mi muñequita/porque se ha olvidado de que es argentina/venga, pequeñuela, póngase esta cinta/ es azul y blanca, mire que bonita”.
Y al volver escucharla en el grabador, mientras escribe la nota, a esta cronista le dan unas ganas de ponerse una escarapela, como hace mucho que no sentía.
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04 de mayo. “Es inviable sostener un instituto de 120 personas en estas condiciones”, advirtió su director, Leandro Miranda, quien trazó un crudo panorama sobre la situación actual de la investigación científica.
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