Jóvenes sin futuro: estudios detectan el quiebre del ascenso social y el desgaste del vínculo político
Un análisis del periodista Jorge Liotti en La Nación reúne encuestas y trabajos académicos que configuran una radiografía inquietante: caída del apoyo a Javier Milei entre los sub-30, aumento del ausentismo y una percepción extendida de que el esfuerzo ya no garantiza progreso.
Aunque el 92% de los jóvenes considera importante vivir en democracia, sólo el 51% se declara satisfecho con su funcionamiento. Imagen: IA.
Hay un hilo conductor que atraviesa los distintos estudios que en los últimos meses buscaron medir el humor social de los jóvenes argentinos. El periodista Jorge Liotti lo sintetizó en un reciente análisis publicado en La Nación, donde reúne encuestas y trabajos académicos que, leídos en conjunto, configuran una radiografía inquietante. No se trata de un cambio coyuntural, ni de una reacción frente a una gestión en particular. Lo que empieza a insinuarse es algo más profundo: un desgaste de la idea de que el sistema —económico, político y social— ofrece un camino razonable de progreso.
El dato aparece, con matices, en trabajos de distinta procedencia. La consultora Moiguer, por ejemplo, ubica a los jóvenes como el segmento más castigado por la situación económica: el 32% se encuentra por debajo de la línea de pobreza, por encima del promedio general. A eso se suma un 16% de desempleo en la franja de 15 a 29 años, más del doble que el total de la población, y un dato particularmente sensible: el 30% de quienes tienen entre 18 y 24 años no estudia ni trabaja.
UNA GENERACIÓN SIN HORIZONTE CLARO
Ese deterioro material no es nuevo, pero empieza a adquirir otra dimensión cuando se lo vincula con las expectativas. Un trabajo del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), citado en el análisis, señala que casi el 40% de los jóvenes de barrios populares no espera progresar, mientras que otro 20% reduce esas expectativas al mínimo. La ruptura no es sólo económica. Es, sobre todo, narrativa.
En ese contexto debe leerse la evolución del vínculo político. Según datos que maneja la Casa Rosada y que recoge el artículo, el apoyo juvenil a Javier Milei alcanzó su punto máximo en febrero de 2025, cuando cerca del 70% de los jóvenes entre 18 y 25 años se manifestaban a favor del oficialismo. Hoy, ese número desciende al 46%, con un 49% en contra.
Cuando el esfuerzo deja de ser una promesa creíble, también se debilita el vínculo de los jóvenes con la política.
Ese fenómeno encuentra un correlato en otro indicador: el ausentismo. De acuerdo con datos de la Cámara Nacional Electoral, citados en el análisis, los votantes de entre 18 y 30 años registraron en la última elección un 34,4% de inasistencia, casi el doble que los adultos. Además, fue el segmento donde más creció la no participación respecto a 2023.
El fenómeno no parece responder a apatía tradicional. Más bien expresa una forma de distanciamiento: no se trata de que no les interese la política, sino de que no la reconocen como herramienta eficaz.
Esa percepción aparece también en estudios de opinión más amplios. Un relevamiento de Amnistía Internacional junto a la consultora Dynamis, dirigido por Ana Iparraguirre, muestra que, si bien el 92% de los jóvenes considera importante vivir en democracia, sólo el 51% se declara satisfecho con su funcionamiento, frente a un 46% que se manifiesta insatisfecho. La distancia entre valor y experiencia es evidente.
En esa misma línea, el estudio introduce un dato que distintos analistas comienzan a observar con atención: un 39% de los jóvenes estaría dispuesto a aceptar un sistema con menor calidad democrática si garantiza crecimiento económico, y un 30% haría lo propio a cambio de mayor seguridad. No hay, en esos números, una impugnación ideológica al sistema, pero sí una evaluación cada vez más instrumental.
El sociólogo Pablo Semán aporta otra dimensión al problema. En sus trabajos sobre cambios culturales recientes, advierte que el escepticismo juvenil se alimenta de experiencias frustradas, pero también de un contexto de transformación acelerada del mundo del trabajo, donde los horizontes de estabilidad se vuelven difusos. La inteligencia artificial, la precarización laboral y la pérdida de referencias tradicionales configuran un escenario en el que el futuro aparece, en el mejor de los casos, incierto.
A este cuadro se suma un factor relativamente nuevo en la agenda pública: la salud mental. Un estudio de la Facultad de Psicología de la UBA detectó una mayor incidencia de trastornos de ansiedad y depresión en los sectores más jóvenes, con especial impacto en los estratos de menores ingresos. El fenómeno, que en otros momentos permanecía en el plano privado, comienza a adquirir relevancia social y política.
En paralelo, el ecosistema digital —redes sociales, plataformas, inteligencia artificial— redefine los modos de socialización y percepción. No sólo amplifica demandas, sino que también intensifica frustraciones y acelera comparaciones, generando un clima de insatisfacción permanente.
En ese entramado complejo, el dato más consistente es que la idea de ascenso social, que durante décadas funcionó como organizador de expectativas, pierde credibilidad entre los jóvenes. Y cuando esa narrativa se debilita, también se resiente el vínculo con las instituciones que históricamente la sostenían.
El resultado no es necesariamente una radicalización política. Es, más bien, algo más difícil de encuadrar: una combinación de desencanto, repliegue y búsqueda individual de salida.
Ahí, tal vez, esté la clave del fenómeno. No en la adhesión o el rechazo a un dirigente en particular, sino en la sensación, cada vez más extendida, de que el esfuerzo ya no garantiza un destino mejor.












