Sábado 23 de octubre de 2021
19 SEP 2021 - 11:43 | Opinión

Una historia de las mentiras de Manzur

Le pidieron que bajara la mortalidad infantil en su provincia y truchó las cifras. Los chicos se seguían muriendo. La proeza del nuevo Jefe de gabinete de la República Argentina.

El señor presidente de la Nación, doctor Alberto Ángel Fernández, acaba de nombrar al señor gobernador de Tucumán, doctor Juan Luis Manzur, su Jefe de gabinete. Al ver su nombre, recordé una pequeña historia: la había contado, hace más de diez años, en Argentinismos, un libro que publiqué entonces. Me parece que la historia, ahora, se hace útil y cobra otro valor.

“La tentación de truchar cifras, de hacerles decir lo contrario de lo que dicen, se extendió entre las filas kirchneristas. Abundan los ejemplos. En estos días, mientras la desnutrición mata chicos en las zonas más pobres de Salta, las cifras oficiales dicen que la mortalidad infantil bajó mucho en los últimos años. Es el sistema Manzur, del nombre de un doctor Juan Manzur, tucumano que ocupa, desde hace años, el ministerio de Salud de la Nación.

El doctor Manzur llegó avalado por un record extraordinario como ministro de Salud de su provincia: en cuatro años había bajado su mortalidad infantil a la mitad. O, por lo menos, eso dijeron el gobierno y los medios oficiales cuando lo nombraron en el ministerio, invierno de 2009 –en lugar de la licenciada Ocaña, que se había peleado demasiado con el señor Moyano. El doctor Manzur aparecía como la elección más lógica: un ministro que emplearía a fondo los métodos de gobierno consagrados por los doctores Kirchner. Porque ya un año antes diputados como Eduardo Macaluse y diarios como Crítica de la Argentina habían explicado el sistema Manzur para la reducción del flagelo: truchar cifras.

Así fue en Tucumán: según las estadísticas provinciales, en 2002 murieron 24,3 menores de cinco años por cada 1.000 nacidos vivos; en el 2006 la cifra se redujo a 13,5. El entonces ministro Ginés González García dijo que no conocía ‘experiencia más rotunda, donde se haya bajado a la mitad los índices de mortalidad infantil en cuatro años’. Seguiría sin conocerla: no lo habían hecho. Lo que sí hizo el doctor Manzur fue mandar a anotar como ‘defunciones fetales’ a los bebés más comprometidos –menos de un kilo al nacer– que morían en las primeras horas. Según todas las reglas internacionales, esos chicos deben ser considerados ‘nacidos vivos’ y, por lo tanto, si mueren, son parte de la mortalidad infantil. Excepto en Tucumán. El milagro tucumano era un simple truco contable, una inflación convertida en dispersión de precios, un indec de muertes chiquititas: otro triunfo –patas cortas– del relato sobre la realidad.

El doctor Manzur, un precursor, fue premiado con el ministerio de Salud. Mientras, la mortalidad infantil de la patria sigue siendo el doble que la chilena y el triple que la cubana; el 60 por ciento de esas muertes sería evitable con una inversión perfectamente posible, porque sus razones son la falta de control médico durante el embarazo, la cantidad de embarazos en los sectores más pobres y la desnutrición –que es la forma elegante de llamar al hambre– de las madres. Nada que no pueda solucionarse con algo más de infraestructura sanitaria y un poco de comida. Porque la realidad sigue existiendo, y el ministro silente debe estar buscando algún número para explicar que los chicos salteños no se murieron sino que tururú. Seguramente no se atreva a sugerir que los saquen de las estadísticas sanitarias y los pongan en las criminales: no querrá aceptar que esos chicos fueron asesinados por la desidia mortal del Estado argentino, del modelo argentino, de los grandes discursos argentinos: del relato.”

Su invento ya es antiguo e hizo escuela –y sería bueno que se difundiera. Desde entonces, el doctor Manzur se distinguió en varias proezas: como, por ejemplo, en 2019, cuando impidió que se le practicara un aborto a una nena de 11 años que había sido violada por el novio de su abuela –y la puso a parir por césarea.

Hablemos, cuando quieran, de libertad, de derechos, de respeto. O si no hablemos, como siempre, de pavadas.