El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una problemática mundial de la cual Argentina no es ajena: entre abril de 2023 y abril de 2025, se notificaron 15.807 intentos de suicidio en nuestro país, un promedio de 22 episodios por día. De esa cifra, el 30% se dio en un rango etario particular: adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años, especialmente en varones.
Estos datos, relevados y publicados hace unos meses en el boletín epidemiológico que edita el Ministerio de Salud de la Nación, explican que ya hace tiempo que los suicidios superaron a las muertes provocadas por accidentes viales, según consignó Perfil.
De acuerdo a información publicada por Proyecto Suma, una ONG sin fines de lucro que lleva a cabo tareas asistenciales en materia de salud mental, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que se producen más de 720.000 suicidios por año en todo el mundo. Y que por cada hecho consumado hay entre 20 y 40 intentos.
Además, la OMS alertó que en los últimos años los trastornos de ansiedad y depresión aumentaron un 25% a nivel global y que en el mundo ya son más de 1.000 millones las personas que viven con algún trastorno de salud mental. Por eso, afirman, “el suicidio constituye uno de los problemas de salud pública más complejos y desafiantes para los diferentes actores del sistema sanitario y las comunidades. Tiene profundas consecuencias sociales, emocionales y económicas. Y marca el recorrido vital de personas y familias”.
Para abordar de la mejor manera esta problemática, la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, tras un pedido del Ministerio de Educación del Gobierno porteño, elaboró una Guía para la prevención, detección y abordaje de la conducta suicida en el ámbito de la educación.
El documento explica que "tradicionalmente el suicidio ha sido relacionado con adultos mayores, debido a factores de riesgo como enfermedades graves y crónicas, el dolor y la desesperanza. Sin embargo, más recientemente, el suicidio en adolescentes ha ido en aumento, hasta alcanzar niveles alarmantes en varias regiones del mundo, convirtiéndose en un problema prevalente de salud pública. En la Argentina es la segunda causa de muerte en jóvenes”.
Concientizar y pensar
Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una fecha que impulsó la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP) con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para visibilizar la problemática y fortalecer las redes de apoyo comunitario.
Según contó la psicóloga Andrea Spinosa, una de las aristas más complejas es el suicidio juvenil. “Se trata de un fenómeno en aumento, y plantea de qué manera los adultos pueden intervenir para acompañar y prevenir”, explicó.
Spinosa recordó que “esta es ya la tercera causa de muerte más frecuente a nivel mundial entre personas de 15 a 29 años”. Y, a nivel local, la Sociedad Argentina de Pediatría señala que representa alrededor del 33% de las muertes por causas externas en adolescentes de 15 a 19 años.
Spinosa, que es la coordinadora del equipo infantojuvenil de salud mental de Medicus, advierte que la adolescencia es un período decisivo: “Los adolescentes transitan un pasaje obligado de la infancia hacia la adultez, con grandes cambios biológicos y emocionales. Es una etapa colmada de vida, pero también un tiempo de duelos: del cuerpo infantil, del vínculo con los padres y de muchas certezas previas. Esta construcción de la identidad abre enormes posibilidades, pero también implica estrés, ansiedad, preocupaciones y fragilidad”.
Lo importante, resaltan los expertos, es que, si se está atento a las señales, el suicidio se puede prevenir. No todos los casos, pero sí la mayoría.
Causas de esta situación
Spinosa contó que el suicidio “es un fenómeno multicausal que excede los padecimientos mentales: el entorno sociocultural, los vínculos y los recursos afectivos de cada persona son determinantes. La adolescencia, con sus cambios biológicos, sociales y emocionales, puede potenciar esa vulnerabilidad”.
Si bien cada caso requiere un abordaje particular, Spinosa identifica que “existen un conjunto de variables que pueden aumentar la probabilidad de actos suicidas: entornos familiares poco contenedores, conflictos con pares, conductas impulsivas, depresión, baja autoestima, autolesiones, bullying, exposición a experiencias dolorosas en redes sociales y consumo excesivo de sustancias como alcohol y drogas psicoactivas, que alteran las funciones del sistema nervioso responsables del comportamiento, los pensamientos y las emociones”.
Situaciones de riesgo y de alarma
La especialista sostiene que “son situaciones de riesgo los intentos previos de suicidio, las pérdidas significativas, las separaciones, divorcios o cambios importantes en el hogar, los antecedentes familiares de suicidio y los inconvenientes para expresar la orientación sexual en entornos poco respetuosos o de baja aceptación”.
En cuanto a las señales de alarma, Spinosa dice que “pueden aparecer cambios en el disfrute de actividades que antes resultaban placenteras, tristeza persistente, irritabilidad, retraimiento, ansiedad, apatía o cansancio. También alteraciones en el sueño y la alimentación, conductas dañinas o menciones recurrentes a la muerte. Muchas veces los cambios son sutiles, pero no deben pasarse por alto”.
Claves para la prevención
En este tema es clave el apoyo de los padres: “La contención de los adultos y el acompañamiento para que los adolescentes desarrollen competencias socioemocionales como las habilidades interpersonales, la autorregulación y la toma de decisiones éticas es fundamental”.
Señaló, además, que es “primordial no minimizar las ideas o conductas suicidas como meros actos manipulatorios” y que, “ante cualquier indicio, se debe consultar de manera prioritaria a un profesional de salud mental”.
Lo importante, resaltan los expertos, es que, si se está atento a las señales, el suicidio se puede prevenir. No todos los casos, pero sí la mayoría.
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