Martes 15 de junio de 2021
05 MAY 2021 - 10:05 | Opinión
CHACHARA.ORG

Madrid es indepe, la nueva columna de Martín Caparrós

El escritor argentino analiza el triunfo abrumador de la derecha en las elecciones regionales en Madrid. Reflexiona que Isabel Díaz Ayuso, la candidata ganadora, “entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas".

Anoche hubo elecciones regionales en Madrid, una comunidad autónoma de 6,5 millones de personas –que se sintieron como elecciones nacionales pero no lo fueron: Madrid tiene características muy propias. El resultado global fue un triunfo abrumador de la derecha, con una mayoría que le permitirá gobernar a su gusto los dos próximos años.

Anoche el partido dizque socialista gobernante perdió como nunca: una campaña mal armada, un candidato despistado y la derrota más aparatosa de su historia local; quizá le sirva para entender algo. Anoche Pablo Iglesias, que lideró la izquierda española en la década pasada con un partido nuevo, Podemos, se retiró de la política. La Parábola de Pablo es una síntesis apretada de los procesos tradicionales de las izquierdas: irrupción fulgurante con propuestas y métodos nuevos, que despiertan entusiasmos y esperanzas, seguida por una deriva cada vez más personalista y autoritaria que termina por desarmarlos y convierte un movimiento que parecía amplio y distinto en la misma secta de siempre.

Pero la verdadera lección de estas elecciones vino de la candidata ganadora, la presidenta PP de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. Ayuso es una mujer de 42 años sin mayor historia ni brillo personal. Oradora mediocre, no se le nota ninguna inteligencia ni educación ni simpatía particulares. Su gestión de la peste fue poco menos que desastrosa, cantidad de muertes evitables. Y, sin embargo, consiguió uno de los mejores resultados de su partido en su capital en su historia.

Desde el principio estaba claro que Ayuso se aprovecharía de algo que muchos gobiernos provinciales han usado en la pandemia: su papel de policías buenos frente al policía malo representado por el gobierno nacional. Ha pasado en muchos países: el poder central impone restricciones que los poderes regionales critican y/o aligeran. Así, la responsabilidad de las medidas más impopulares –el peso del hartazgo– cae sobre los centrales. Los regionales tienen la ventaja enorme del “yo hubiera o hubiese”: en tiempos duros, que no le gustan a nadie, los que pueden argumentar que no les dejaron hacer lo que habrían querido se llevan más y más votos. En los últimos meses varias elecciones confirmaron ese reparto: los oficialismos ganaron en las provincias y perdieron en las naciones.

Pero aún así, yo  –con perdón– no entendía la Furia Ayuso, y me pasé semanas preguntándome cómo podía ser que un personaje tan escaso fuera a conseguir los resultados que esta señora amenazaba. No lo entendía hasta que escuché su discurso de la victoria, y supuse que sí. Creo que Ayuso ganó porque hizo eso que permite que un político o un movimiento ganen: creó un colectivo donde no lo había.

Ayuso inventó a los madrileños. Ser madrileño no era una definición política y, en términos culturales o demográficos, era una condición muy laxa, muy mezclada, suma de gente tan distinta, orígenes tan varios, conductas tan diversas. Ayuso les ofreció rasgos comunes. Ahora, en su versión, los madrileños son gente de trabajo y de sano recreo que había perdido su libertad –su libertad– de trabajar y recrearse porque el gobierno central se lo prohibía so pretexto de peste. “No entienden nuestro modo de vida”, dijo en su festejo, instalando un ellos y un nosotros, “y por eso el sanchismo no entra en Madrid”. Ahora, en la versión Ayuso –en la versión triunfante–, los madrileños son gente oprimida que decidió pelear por su libertad. Y más: los madrileños siempre se jactaron de ser migrantes llegados desde todo el país. Ayuso, en su discurso, les hizo un upgrade: son “lo mejor de cada rincón del mundo”, dijo, convirtiéndolos en una aristocracia –en sentido más que literal. Y vinieron a Madrid “a vivir en paz y en libertad”.

Creo que ganó por eso: Ayuso entendió que, en estos tiempos de desorientación global, no hay nada más eficaz que inventar un bloque local, un nosotros hecho de pertenencias y ofensas compartidas. Ayuso, gran defensora de la unidad de España, supo construir su propio movimiento indepe: allí donde los catalanes se duelen y defienden de Madrid, los madrileños se defienden y duelen de ese híperMadrid que es el gobierno central. Son las pequeñas delicias del nacionalismo –que sigue siendo, en días oscuros, el truco que más votos consigue. Alcanza con poder definir ese nosotros, darle una banderola, encontrarle enemigos, convertirlo en misión. Parece fácil, es lo más complicado. Ayuso o sus guionistas supieron cómo hacerlo, y por eso se llevaron el gato al agua. Ahí está, grita, se retuerce.

¿Araña?

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